"La escritura lleva 50 años de retraso con respecto a la pintura", se lamentaba en 1959 el poeta y pintor estadounidense Brion Gysin. Igual se quedó corto. Él se refería a que desde el Impresionismo, la vanguardia había devenido en norma en la pintura, mientras que en la literatura la cosa había divergido en dos líneas paralelas: la experimentación por un lado y lo normal, lo probado, lo consagrado tanto en formas como en contenidos, por el otro. Pero el asunto tenía visos de ir más allá. Por poner un ejemplo práctico, ¿hace cuántos años se ve en los museos a pintores aficionados copiando la obra de los maestros, ya sea para vender una copia exacta del original como, en plan más abstracto, vender el proceso de penetrar en la mente de un genio fallecido hace años? Si un escritor hiciera exactamente esto, volver a escribir un clásico palabra por palabra, antes de causar un predecible infarto generalizado en la sede de la SGAE, ¿encontraría a quien venderle el texto?
Un chaval estadounidense llamado Simon Morris sí lo consiguió. Él prefirió ignorar el clásico consejo que se da en los talleres literarios (escribir una historia "en el estilo de" un autor famoso) y ofrecer un estudio mucho más genuino y completo de su autor de referencia: re-escribió En el camino (u On the road, como ha sobrevivido en la cultura popular) en un blog titulado Getting on Jack Kerouac's Head (Penetrando la mente de Jack Kerouac) a la razón de una página diaria, entre mayo de 2008 y marzo de 2009. Como en los blogs las entradas más recientes aparecen antes que las más viejas, el libro queda al revés: empieza por la última página y sigue así hasta llegar a la primera. Como un viaje del libro de las Revelaciones al Génesis. El texto, tal cual está en el blog, se imprimió y publicó en un libro el año pasado. Sin haber escrito ni una palabra original, Simon Morris se había convertido en autor.
No es el único. Otros súbitos autores de la reiteración comprenden a los que plasmaron una edición en papel del New York Times en un libro de 900 páginas; los que crean poemas con las palabras que encontraron en un directorio de centros comerciales; los que sacan mensajes de redes sociales y les asignan nombres de escritores muertos ("Mark Twain tiene una entrevista de trabajo mañana. Deseadme suerte!") en una especie de celebración de lo mundano que se actualiza solo y nunca termina; y el ya decano movimiento Flarf, que destila las búsquedas de Google más ridículas y ofensivas.
Estamos viviendo, en definitiva, en la era de la última tendencia de a poesía conceptual. La era de la escritura no creativa.
