(Ilustración original de Wenceslao Lamas)
(La primera parte del informe está aquí)
En la actualidad existe toda una escena alrededor del denominado porno sound que da cabida a bandas tributo, recopilatorios de rarezas, remixes para las pistas de baile e incluso canales especializados de Internet que ofrecen la más variada programación en streaming las veinticuatro horas del día.
Sin ir más lejos, hace un par de años se estrenaba Lovelace: A Rock Opera, un homenaje a la felatriz de Garganta Profunda (Gerard Damiano, 1972) con libreto de Jeffery Bowman y musica de Anna Waronker y Charlotte Caffey. Recibida como la respuesta erótica y glam a Jesucristo Superstar o Godspell, la obra obtuvo un notable éxito de crítica y público pese a lo que sigue inédita en el mercado discográfico.
En el cine porno actual resulta de lo más habitual toparse con raperos y rockeros, tanto delante como detrás de las cámaras. Por norma general los músicos suelen prestar sus servicios al género de manera condescendiente y autoparódica, utilizándolo como una forma fácil de ganar dinero rápido y dar salida a sus sueños húmedos de estrellas en decadencia. Excepcionalmente podemos encontrarnos con auténticos artistas que se esfuerzan por ofrecer a la audiencia partituras lo suficientemente inteligentes y creativas como para estimular nuestros sentidos más allá de la entrepierna. Un funesto fenómeno por otra parte cada vez más extrapolable a las demás parcelas artísticas.
