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11 ene 2012

Kevin Love o las mejores vibraciones

Kevin love

Era 1966 y Brian Wilson aceleraba para adelantar a The Beatles en la curva. Que los Beach Boys fueran reconocidos como los reyes del pop aunque fuera por un día, por un single, por “Good Vibrations”. En la familia Wilson el éxito era palabra sagrada. La mística del talento no tenía valor alguno si no venía acompañada por las cifras y los rankings. Puede que la publicación de Strawberry Fields Forever” fuera la estocada final a aquella mente maltrecha por paranoias y ácidos. “Lo han hecho… lo que yo quería hacer”, dijo al escuchar por primera vez el single de los de Liverpool. Y así empezó a alejarse del mundo, de las leyes de la competencia, de ser reconocido como el mejor. De ese triunfo total que hoy su sobrino Kevin acaricia con un balón de baloncesto en lugar de partitura.

Estos días Ricky Rubio acapara todo superlativo inventado. La velocidad y flexibilidad táctica de la NBA han facilitado una progresión natural que algunos ven como prodigiosa en el jugador catalán. Pero en Minnesota Timberwolves los focos no están solo para él: su compañero Kevin Love carga con unas estadísticas que están haciendo historia. Tan grande como la de su familia. Dice su padre que de pequeño le pedía que le hablara de su tío segundo Brian. Era el modelo de éxito para aquella familia americana. Los hermanos Wilson –Brian, Carl y Dennis- junto a su primo Mike Love habían elegido la opción musical montando una fábrica de hits llamada The Beach Boys. Al hermano de Mike, sus más de dos metros le habían señalado la ruta de la canasta. Stan Love tuvo una buena posición en el draft, esa lonja de jugadores universitarios que todos los años se reparten los equipos de la liga americana. Pero entonces ni ser el número nueve aseguraba un dichoso porvenir en el deporte. Dicen que incluso le gustaban más las fiestas en la playa que los entrenamientos, así que tras solo cuatro años de profesional, decidió tomar el atajo hacia la popularidad a través del negocio familiar: los Beach Boys.

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Stan love, el padre de Kevin, en sus días de jugador en los Lakers.

Poco tuvo que esperar para ser parte del clan. En las navidades de 1976 el terapeuta de Brian Wilson era despedido por Mike Love. Ni su megalomanía –Eugene Landy se presentaba como “el psiquiatra de las estrellas”- ni la cláusula de disponer del control absoluto de la vida de sus pacientes habían sido entonces inconvenientes para prescindir de sus servicios. Brian progresaba, aunque no tanto como las minutas del avispado psiquiatra. Era la oportunidad de Stan: solo debía coordinar la estresante agenda médica de Brian y mantener a distancia tanto a camellos como a aduladores. Pero sus métodos como guardaespaldas se volvieron en su contra. Seis meses de cárcel le cayeron por irrumpir en casa de Dennis Wilson y arrojarle el cabecero de la cama como agradecimiento por meterse un festín de cocaína junto a su hermano Brian la noche anterior. En continua alerta contra el vicio, dicen que esta fue la principal causa de que abandonara la California glamourosa rumbo a la lluviosa Oregón. Su hijo Kevin acababa de cumplir los cuatro años. Fuentes menos amables apuntaban hacia un turbio trato con Landy. Readmitido en la casa de Brian tras aquel altercado, el terapeuta empezó a escribir canciones con su paciente. Firmaban a medias. Stan Love le demandó por “lavar el cerebro” a su primo, pero a su vez intentó pactar con el médico a espaldas de la familia.

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Brian Wilson con el Doctor Landy, su terapeuta, de infausto recuerdo.

“Suelo llevar a los Beach Boys en el ipod durante los desplazamientos; me encantan sus discos de surf”, dice quien hace un año firmó contra New York Knicks unos números solo al alcance de leyendas de otras épocas. Los 31 puntos y 31 rebotes de Kevin Love no habían sido alcanzados por un jugador desde hacía veintiocho años, cuando este juego no era tan físico. El padre inculcó en el hijo la imagen de un Brian Wilson genial pero luchador, también de buena presencia. Omitió del relato el uso de las drogas. Tal era la obsesión, que cuando Kevin se decantó por la universidad californiana de UCLA para formarse como baloncestista, mandó a su otro vástago con él con el fin de controlarle. Pero mientras el padre deseaba en su apellido lo que veía en el de Wilson, el hijo adivinaba por su cuenta un talento innato. Nada que ver con la música, pero igualmente intuitivo. “Cuando veo que el tiro no va a entrar en la canasta, en ese instante no sé muy bien qué me pasa”, justificaba así su ansia por capturar un rebote. Y es que en el rostro de Kevin Love a menudo aparece ese rastro de violencia que ni su escrupulosa educación de chico blanco pudiente consigue disimular. Un mate airado, un rebote con los codos afilados,… Iniciada la temporada del lockout, Kevin Love aspira con garantías a ser el mejor jugador blanco de la liga. Máxime cuando el alemán Dirk Nowitzki parece haber destensado sus pretensiones de éxito tras proclamarse campeón el pasado año. La suya es la historia reinventada de aquel “Heroes And Villains” que su tío Brian compuso en pleno ataque de inspiración. Él ofrece otra: la genialidad del pragmatismo. Por la misma que luchó su padre, pero sin tener el don.

 

Hay 7 Comentarios

Aloha! Genial el art, gracias!

Un ritmo que combina muy bien con el propio Ricky surfeando ahora las dificultades de su anterior etapa en el Barcelona.
http://sputnikbasketblog.blogspot.com/

Me encanta el artículo... Kevin Love es de lo mejor que hay ahora en la NBA y aunque conocía ya algo de su relación con los Beach Boys (unos cracks en eso de la música), con este artículo he llenado muchas lagunas que tenía ;-)

Cierto. Corregida la errata. Gracias por avisarnos. Y por los piropos.

¡Excelente! Un apunte: se escribe Minnesota.

excelente artículo¡

¡bravo!

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