Cine, Informe, Director

01 nov 2011

El año de Spielberg

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Hace falta conocer un pequeño gran dato para entender por qué 2011 va a tener tanta resonancia en la sobrecargada carrera de Steven Spielberg: la gestionan dos agencias.

  Una, Creative Artists Agency, le lleva los proyectos cinematográficos y otra, William Morris Endeavor Entertainment, los televisivos. No es un dato relevante -es más bien común en Los Ángeles- pero sí es poderosamente metafórico. Primero porque se trata de las dos agencias más influyentes de Hollywood, las únicas que pueden abarcar el trabajo del director más taquillero de la historia (el total de sus recaudaciones, 3.800 millones de dólares, es superior al de los siguientes dos más taquilleros -Robert Zemeckis y James Cameron- juntos); de un nombre que se usa como sinónimo del éxito comercial desde hace más de 40 años; del poseedor de la octava fortuna más grande de Los Ángeles (se le calculan unos 3.200 millones de dólares en la cuenta corriente); de un hombre tan superlativamente popular que toda descripción resulta redundante.

Y segundo, porque son dos agencias y la dualidad es un rasgo importante en la carrera de este hombre. Durante su cénit (situémoslo entre En busca del arca perdida en 1981 y Parque jurásico en 1993), su rotundo éxito le sirvió de motivación para demostrar al mundo que, bajo la reduccionista guisa de "Rey Midas de Hollywood", bajo el opus más conocido del mundo (¿quién no relaciona E.T., Indiana Jones,Tiburón o Parque Jurásico con él?), había en el fondo un director hábil, portentosamente visual, capaz de hacer arte.

Así que Spielberg empezó a ser conocido por hilar los taquillazos que jamás abandonó con películas de menor resonancia cultural y comercial pero creciente ambición como El color púrpura, El imperio del sol o incluso Always (Para siempre). No paró hasta dar con un happy ending múltiple de los que tanto le gustan; en 1994, ganó, por fin, el Oscar a Mejor Director por La lista de Schindler, lo ratificó con el segundo Oscar por Salvar al soldado Ryan en 1999 y se coronó con la nominación por Munich en 2006 (suponiendo que los Oscar valen como baremo nada científico del lugar de alguien en la industria del cine). Spielberg ya se podía considerar un director serio cuando quisiera. 

Era una historia arrolladora, como todo lo que le rodea, pero desprendía un cierto tifullo a prejubilación. ¿Qué fuerza superior iba a dominar ahora las películas de quien acababa de conseguir la aprobación que le había obsesionado de siempre? Y lo que es más importante, ¿podría mantener sin ella todo lo que se espera de la marca Spielberg? En los últimos años cabría verle como demasiado viejo para que sus grandes éxitos tengan la relevancia que tuvieron (las recaudaciones multimillonarias de Minority report y La guerra de los mundos son indiscutibles pero no han trascendido a la cultura popular como sí lo hizo E.T. o Indiana Jones) y excesivamente ambicioso en sus incursiones al cine serio (las mejores críticas de Inteligencia artificial, Atrápame si puedesMunich están trufadas de peros). De puro éxito, Spielberg se enfrentaba a un presente crepuscular.

Y sin embargo, ahí está esta semana con Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio. Es una unión perfecta, de dos nombres que hace años que no aportan nada nuevo al panorama pero que siguen levantando pasiones. Podía haber acabado muy mal. Pero no. Ha colapsado los titulares de la semana, las estanterías de merchandising y, por supuesto, la taquilla (unos nada desdeñables 55,8 millones de dólares en un estreno únicamente europeo). No es un éxito más en su carrera. Es un éxito relevante.

Y es sólo una parte destacada de su tour de force para 2011: cuando acabe el año, habrá estrenado 11 productos. En diciembre llegará el drama histórico Caballo de guerra, cebo para los Oscar y parte del binomio película comercial-película seria que prefiere desde que en 1993 estrenó Parque jurásico y La lista de Schindler (en 1997 estrenó El mundo perdido y Amistad, en 2002, Minority Report y Atrápame si puedes y en 2005, La guerra de los mundos y Munich).

Ha producido cuatro películas, entre ellas la megataquillera Transformers 3, el meta-homenaje Super 8 (que no es tan suya como aparenta) o Cowboys y aliens. En televisión (un terreno que nunca se le dio bien), ha producido cuatro nuevas series: Terra nova para Fox, Falling skies para TNTThe River para ABC y Smash para NBC. Numéricamente hablando, estamos viviendo el año de Spielberg.

¿Pero hablamos de un nuevo Spielberg? Sí. Por cuatro motivos:

1) Sigue una tendencia Durante toda su vida, Spielberg ha estado empecinado en rodar con celuloide, renegando de las ventajas de los rodajes digitales ("no tienen grano", se queja cada vez que puede, "y una imagen sin grano es una imagen muerta. Un plano de un frutero en celuloide tiene vivo porque se pueden ver los granos burbujeando ante el espectador"). También se empeñó -con azarosa dificultad los últimos años- en montar directamente sobre el celuloide y no con un ordenador como es la norma ("va demasiado rápido", le explicaba esta semana a Steven Awalt, editor de la web SpielbergFilms.com. "A mi me gusta acabar una escena, irme de la sala, pensar unos 45 minutos mientras mi editor corta y pega los planos con papel de celo y darle ideas nuevas"). La decisión de rodar Tintín en motion capture, que no inventó él sino James Cameron, y en 3D, y hacerla, a la postre, una película animada, distanciándose del celuloide ya para siempre, denota un cambio de rumbo que va más allá de la curiosidad artística.

  

Algo que tiene mucho que ver con su incursión en la televisión este año. No es un medio que le guste especialmente. En los años 60 un productor de Universal llamado Sid Sheinberg le contrató, convirtiéndolo en el realizador más joven de la historia del estudio, pero él no rodó nada durante años porque sólo le ofrecían televisión. Cuando volvió a ella en los ochenta, tras haberse beatificado en los cielos del cine de palomitas, fue siempre para darse sonoros batacazos: Cuentos asombrosos (1985), Animaniacs (1991) o Tierra 2 (1995). Pero, ¿qué iba a hacer con el auge de las series que vivimos hoy en día? Hasta el año pasado, nada. Dejarlo pasar, que eso fuera un campo de jóvenes. Ahora ha decidido llegar tarde a la fiesta.

Es un cambio reseñable. El éxito de Tiburón en verano de 1975 ayudó a crear la noción de que los blockbusters funcionan mejor en época estival. El de Indiana Jones puso de moda la gran producción con sabor de serie B que reinó en los 80. Los dinosaurios de Parque jurásico empujaron la historia de amor que vivió Hollywood con los efectos digitales (si es que ésta ha acabado). La lista de Schindler abrió la veda para retratar el Holocausto en el cine. No deja de ser inquietantemente refrescante ver al director más poderoso de la historia a las ruedas de las tendencias de otros.

2) Externaliza los servicios Todos estos nuevos trabajos no dependen de su sello para ser relevantes, y generalmente usan el talento otros grandes nombres, con una promiscuidad colaborativa inusitada en Spielberg: Tintín está hecha en íntima colaboración con Peter Jackson. Super 8 bebe del renombre de J.J. Abrams. Caballo de guerra es una de las obras más importantes del momento en el West End y en Broadway. Falling Skies es idea del guionista de Salvar al soldado Ryan... Nada es 100% Spielberg como era antes casi todo a lo que prestaba su nombre.

Es un sonado contraste del hombre que creó imagen de marginado, que se negaba a de la nueva brat pack de Scorsese, Coppola, John Milius y George Lucas. Sus únicas concesiones al mundo exterior habían sido hasta ahora temáticas (Holocausto, esclavitud, segregación, Segunda Guerra Mundial, conflicto palestino-israelí) para demostrar que su estilo no era sólo cosa de taquillazos. nunca había abierto su mente a asesores de primer orden como ahora.

3) 2011 rezuma la humildad del viejo aprendiz Tanta colaboración, tanto prestar su poderío y su talento a marcas y personas de renombre, requieren humildad. Esa no la tenía el Spielberg genio de las primeras fases de su etapa (hace falta una genial arrogancia para intentar, activamente, que tu primer largometraje sea sobre un camión persiguiendo a un coche). Entre 1975 y 1978 irrumpió en el mundo del cine con el taquillazo de Tiburón con esa grandilocuente confianza en sí mismo como imagen de marca.

 

Spielberg01er3 Claro que parecía que no sabía equivocarse. Tomaba decisiones arriesgadas y se salía con al suya. Por ejemplo, cuando el tiburón de plástico llamado Bruce en honor a su abogado dejó de funcionar en cuanto se le sumergió en el agua salada del mar, decidió rodar todos los ataques de Tiburón con planos subjetivos. Ahora sabemos que fue un momento de brillantez, pero fue una decisión tan radical que podía haber hundido una superproducción puesta en sus manos porque la gente adecuada había depositado la fe necesaria en él.

Una buena muestra de esa fanfarronería juvenil se vivió en el piso del propio Spielberg en 1976. Tan convencido estaba de que iba a ser nominado al Oscar a mejor director por Tiburón (¿y qué niño de 27 años no lo estaría si hubiera rodado esa película?) que invitó a un equipo de periodistas a grabar su reacción cuando se anunciasen las nominaciones. El plan resultó ser un fracaso. Tiburón fue nominada a mejor película pero en el lugar que, se supone, le correspondía a él, estuvo Federico Fellini por Amarcord. Lo que tenían que ser gritos de júbilo por estar presente en los Oscar se quedó en cuatro frases susurradas en un incrédulo hilo de voz.  "¿No me han nominado? ¿Me ha ganado Fellini? Eso es rechazo comercial. La gente adora a los ganadores. Pero no a los que ganan".

Pueden ver el vídeo del triste incidente a continuación.

 

Era la época en la que, según recuerda el actor Robert Stack para la genial biografía de Spielberg que firma Joseph McBride, el chaval acostumbraba a rodar una única toma de ciertos planos porque decía reconocer perfectamente cuando tenía lo que quería. La época en la que su proyecto más personal hasta la fecha, Encuentros en la tercera fase (¿cabe ver al propio Spielberg en el personaje de Richard Dreyfuss, ese que sacrifica su cordura y su vida social por un sueño abstracto que al final hace realidad?) ganó cientos de millones de dólares y, según dicen, popularizó el posmodernismo.

Le hIzo falta que experimentara el fracaso artístico, y en menor medida comercial, con la denostada comedia 1941 (una extravagancia de niño mimado mayormente olvidada hoy en día) para recapacitar.

 

4) La marca Spielberg como activo nostálgico. ¿Qué vende Tintín sino un Indiana Jones con esteroides? ¿Qué es Super 8 sino un E.T. posmoderno? Debe ser complicado que el mismo aliciente que antes atraía a masas a una sala de cine ahora deba venderse como un recuerdo de épocas pasadas. Pero así ha pasado con la marca Spielberg, muy lógicamente. En los 70 y 80 se dedicaba a imitar a sus grandes ídolos, a la sazón gigantes del Hollywood de hacía 20 y 30 años como Howard Hawks (Indiana Jones), Hitchcock (Tiburón) o David Lean (El imperio del sol). Hoy en día, copiar los grandes de hace dos décadas es copiarle a él. Intentó seguir homenajeando a Hawks (la escena de la caza en El mundo perdido) o a Frank Capra (La terminal) y sólo patentizó lo desconectado que podía llegar a estar del cine moderno. Sólo cuando emuló a Ridley Scott en Minority Report (que bebe directamente de Blade runner) le salió algo relativamente contemporáneo.

Así que se ha abierto a la autorreferencia, a jugar por primera vez con la marca Spielberg. La marca cuajaría en 1981, con el estreno de En busca del arca perdida, la película en la que demostró ser más que un chaval que tuvo suerte. El fracaso de 1941 le había obligado a dejarse de exhibiciones de talento y convertirse en esclavo de la historia. Lo que resultó fue un esfuerzo por hacer una película lo más eficaz y comedida posible y, aun así, resultó llena de pirotecnia cinematográfica. De ahí la confianza, que no arrogancia, en sí mismo.

En 1982, se fue a Australia a promocionar su E.T., la película más taquillera de la historia en el momento, y en una entrevista televisada dejó claro que, teniéndose a sí mismo, tenía de sobra para venderse. 

 

Curiosamente, intentaría alejarse de esa marca después de ganar el Oscar, de escribir su carrera todavía en presente para seguir diciendo cosas al público contemporáneo. Con la credibilidad que le confería la estatuilla, empezó a decir cosas cada vez más y más grandes (y según los críticos, con más y más defectos, pero también con inauditos aciertos), pero eso abría la pregunta, ¿quién estaba escuchando su mensaje?

 

Era una pregunta de difícil respuesta. La circunspección de Amistad, su primer dramar tras el Oscar, le identificó como "adolescente que se siente mayor y quiere demostrarlo". La gravitas de Salvar al soldado Ryan sufrió mucho de su mezcla con el almibarado sentimentalismo patriótico del que Spielberg no se quiso alejar. La osadía visual de Inteligencia artificial alienó a gran parte del público, y esa carta de amor a la nouvelle vague francesa que fue Atrápame si puedes abusó, según muchos, de la paciencia del público.

Al final, muy significativamente, Munich, que iba a ser su siguiente gran película, su gran exploración del conflicto palestino-israelí, le quedó lamentablemente imperfecta por culpa de su faceta comercial: justo cuando iba a empezar a rodarla, Tom Cruise quedó inesperadamente libre para La guerra de los mundos. Munich tuvo que filmarse y terminarse en menos de seis meses. En 2008, impregnó Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal con la desgana de quien hace un proyecto que conviene a todos menos a él.

Y así hasta que decidió renovarse todo lo que su edad le permitiera.

No da entrevistas sobre el tema. Está demasiado ocupado rodando una película sobre Lincoln desde hace tres semanas. La montará en Avid, con el ordenador, como Caballo de guerra. 100% nuevo Spielberg. La estrenará a finales de 2012, para que los Oscar no le olviden en 2013. No importa que lo hagan o no. Seguramente será su tercera gran película en menos de 12 meses.

Spielberg quiere volver a ser relevante. Como todos los sistemas cerrados en sí mismos tienden a percer, él ha optado por abrirse. El caso más singular de la historia del cine se niega a dejar de sentar cátedra. Nos lo quiere dejar claro con más proyectos que nunca en su vida. Si el mensaje cala habrá triunfado. Si no, este era de sus últimos cartuchos.

Hay 1 Comentarios

Bueno, habrá que ver si el éxito cosechado por su Tintín en Europa tiene eco en EE.UU., cuando se estrene allí en diciembre. http://unmundocultura.blogspot.com/2011/11/tintin-la-arriesgada-apuesta-de.html

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